Son señales que en verdad nos confunden. Por ello estamos requeriendo con urgencia un diccionario aplicado para aclarar dudas sobre gestos y silencios.
No significa que no comprendamos los motivos por los que nuestros jefes tienden a camuflar la mueca y barajar la intención. En rigor, no son los únicos, ni los primeros.
Ya lo dijo Needleman, el sabio catedrático y amigo íntimo de Woody Allen: "la estructura de la frase hablada es innata pero el relincho se adquiere". Y realmente no podemos censurar a nadie por no haber podido adquirir a tiempo todo lo que le toca en esta vida.
Claro, no por ello nos vendría mal saber a ciencia cierta lo que se traen entre manos.
Justamente en la primera edición del Congreso de la Lengua, Gabriel García Márquez llamaba a "jubilar la ortografía". Pues va y todo es tan simple como eso: que a manera de respuesta, nuestros jefes tomaron la iniciativa de jubilar las palabras, para entrarle al asunto por su lado radical.
El mismo Needleman estaba convencido de que el lenguaje oral era un medio de comunicación defectuoso, por lo que siempre prefirió sostener sus conversaciones —aun las más íntimas— mediante banderas de señales. Así pues, nada tendría de sobrenatural que nuestros jefes impongan los códigos secretos de la gesticulación.
Y no les cuestionamos la autenticidad del modelo. Sólo necesitamos herramientas para descifrarlo.
Nuestro segundo tomo
Además, bien visto, ellos precisan tanto como nosotros de ese diccionario, cuyo segundo tomo debiera dedicarse a desvelar la zorrería oculta en cada gesto con que nosotros mismos rebatimos los gestos de nuestros jefes.
Bien que les convendría explorar con luz científica detrás de esa pantomima que desarrollamos en las horas del trabajo, estudio y fusil. O durante las concentraciones y las marchas. O cuando aplaudimos, levantamos la mano o decimos que "sí" con un movimiento de cabeza, y que "no" con otro de las tripas.
En fin, el momento es propicio y la oportunidad pelona. Nos hace falta ese nuevo diccionario. Incluso, ahora que Lezama está de moda, viene de perilla relacionar su nombre con el acontecimiento. Puede que hasta nos envíen donaciones "de afuera" para la edición.
De hecho, nadie mejor que Lezama ha conseguido resumir, con un verso profético, todo el misterioso contenido de la mueca, el manoteo, el dedo que tan pronto es batuta como torpedo o semáforo: "Paso es el paso del mulo en el abismo", escribió el poeta, y así dejó asentada la primera definición de nuestro diccionario para aclarar dudas sobre gestos y silencios. |