Mientras que en su intervención del 24 de marzo Castro aseguró que "sólo una guerra, un gran conflicto internacional", podría impedir que se cumpliera el objetivo de garantizar la electricidad, en la anterior del 18 de marzo fue más realista, porque reconoció que "si ocurre una invasión de Estados Unidos a Venezuela, o un magnicidio contra el presidente Hugo Chávez se podrían provocar situaciones muy complicadas".
En buen romance, la dependencia del petróleo venezolano resulta la clave para todos estos planes gigantescos de construcción y reparación de viviendas, ollas y hornillas eléctricas, pero la falta de Chávez hace que puedan convertirse en una verdadera pesadilla.
Resulta casi grotesco que sea ahora que el Líder Máximo haya sido informado de que "el queroseno es un combustible costoso, ineficiente y nocivo para la salud".
¿Por qué no fue sustituido en las décadas de los años setenta y ochenta, cuando Cuba recibía de la Unión Soviética más de 10 millones de toneladas de petróleo por año y es conocido que una parte de ese producto era vendido en el mercado mundial para obtener divisas convertibles?
La respuesta es simple: El jefe de Estado cubano estaba entonces completamente dedicado a sus "tareas internacionalistas", con millares de combatientes en Angola, Etiopía y los sitios más recónditos del planeta, para justificar sus planes megalómanos, como líder del Tercer Mundo.
Es ahora que el vitalicio presidente despierta para saber que los refrigeradores no tienen juntas y hay que tapar el "agujero negro de la electricidad", debido a las "ineficiencias en el funcionamiento de equipos eléctricos, plantas, conexiones, transformadores, entre otros".
El peligro de las "opiniones críticas"
Las intervenciones especiales, que prometen seguir en el futuro próximo, están cargadas de un lenguaje populista, que se asemeja bastante al de su pupilo, Hugo Chávez.
En su tercera perorata del pasado 24 de marzo, Castro dijo que había una larga lista de opiniones sobre sus intervenciones especiales anteriores que expresan sentimientos optimistas de "la inmensa mayoría de nuestro pueblo". No obstante, dijo que prefería "las opiniones críticas".
Esperemos que los cubanos no hayan olvidado que a mediados de la década de los ochenta también fueron solicitadas opiniones críticas y sugerencias para cambios. Algunos militantes del Partido Comunista de Cuba (PCC) se tomaron en serio aquella campaña y después sufrieron los rigores de sanciones, o separación de las filas del PCC.
En el laberinto de contradicciones en que se ha metido Castro, no caben las críticas. Ante tantas promesas de una vida mejor, de aumentos de pensiones y de salarios, de ollas, de café no mezclado con chícharo, de chocolatín y tantos etcéteras, sólo queda el recurso de aplaudir, hablar bien del régimen, para que cada mañana Castro tenga sobre su mesa de trabajo el informe de la opinión pública, con muchas alabanzas, optimismo y esperanzas en el futuro promisorio.
Mientras tanto, sigue esta inmensa obra de teatro con un personaje principal y millones de figurantes que aparentan alegría y felicidad. Se acabaron las tribunas abiertas de los sábados (el porqué es aún un misterio). Ahora es la nueva etapa de alucinantes intervenciones especiales. |