La reevaluación, dicho sea con todas sus letras, es una vacilada. Habrá quizás algún que otro economista en Cuba que quiera polemizar sobre el punto, argumentando que los países promulgan a su aparente antojo políticas monetarias y que, en no pocas ocasiones, establecen controles de cambio, fijan paridades en cierto modo arbitrarias, y adoptan otra serie de medidas para el control del flujo monetario.
Pero este debate requeriría de una transparencia y objetividad que no parece prevalecer cuando se rechazan las metodologías de las cuentas nacionales de las Naciones Unidas y ni siquiera se aceptan las bases científicas de su supuesto patrono Karl Marx. El peso cubano, con todo el dolor de mi alma, vale hoy menos que hacia los años cincuenta del pasado siglo, cuando siendo muy niño lo vi por primera vez, dibujado al centro el rostro de José Martí, orgullosamente nacional, una razón y un objetivo de trabajo y realización personal.
Aquel peso de mi memoria, tan difícil de conseguir entonces, me permitía comprar el libro del autor que se me antojara, ahorrar durante años con la ilusión de viajar un día al país que quisiera, regalar a mi hermana el sencillo vestido que le gustó en una tienda; morirme un poco, sí, porque nunca alcanzaba, pero saber finalmente que el valor o la reevaluación de un peso, un denario o un dólar no hacen la felicidad de un hombre, y son en verdad instrumentos espurios de la manipulación social.
El primer antimarxista
¿Cuál es finalmente el propósito de esta peregrina medida?
Lo primero que debe descartarse es la posibilidad de que ello vaya a mejorar el nivel de vida de la población. Es triste ver que Castro se dedique a exaltar la venta de ollas arroceras, como si esto fuera el avance tecnológico más extraordinario en la historia de la humanidad en la cocina, o como si sencillamente para usar la olla no hicieran falta el arroz y la electricidad, por lo menos, sin contar que no sólo de la gramínea vive el hombre.
Las ollas arroceras se venden desde hace decenios en China, Vietnam, África y en todo el llamado Tercer Mundo, y están en el mercado más remoto, aunque ciertamente no todos pueden acceder a su adquisición. Pero lo importante no es la olla —y descontemos el arroz—: lo esencial es que la gente trabaje y obtenga con su trabajo el alimento que prefiera, ya sea arroz o lentejas.
Esto es lo que no permite el socialismo de Castro, que tiene todos los vicios de cerrazón que el propio Marx denunció al hablar de un comunismo primitivo y ramplón, donde la preconizada igualdad no es más que la igualación a lo más elemental y pobre de los individuos. En la propaganda oficial y siempre en el marco de la burocracia, la población podrá adquirir ollas en pesos reevaluados, comprar litros (si acaso) de chocolatín con leche, y seguir esperando a las calendas griegas por los otros productos que no forman la vida, pero la acompañan.
No sé cuánto costará, en unos pocos años, una pizza napolitana a domicilio, en pesos cubanos reevaluados; pero sé que me sabrá mucho mejor cuando pueda comerla en amoroso abrazo con mi familia en la Isla. |