www.cubaencuentro.com Martes, 17 de mayo de 2005

 
  Parte 2/2
 
Desde El Monte hasta La Selva
El intelectual negro cubano Walterio Carbonell, condenado al ostracismo y el olvido, ha muerto en la Isla.
por EMILIO ICHIKAWA MORíN, Homestead
 

Él escribió Los orígenes de la cultura nacional (1961), un extraordinario "pamphlet" (sin sentido peyorativo) donde cuestionaba la unilateralidad con que suele entenderse el proceso de fundación de la cultura cubana, así como el predominio blanco en la hagiografía de una nación donde lo negro es un "factor humano" cardinal.

Nota aclaratoria
A nuestros lectores: Sobre la información errónea de la muerte de Walterio Carbonell

No es difícil afirmar que Los orígenes de la cultura nacional es la antípoda de la obra en dos tomos titulada Origen y desarrollo del pensamiento cubano (1945), escrita por ese otro gran polemista que fue Raimundo Menocal y Cueto. Uno miraba a Francia, el otro a Inglaterra, dos polos de influencia metropolitana con diferentes implicaciones en nuestra cultura. Walterio, por cierto, escribió una cariñosa dedicatoria en un ejemplar de su libro que dejé en la Isla al cuidado del investigador Roberto Zurbano.

Un intelectual en toda su definición

Walterio Carbonell fue un intelectual cubano en toda su definición; defensor de sus raíces y, como corresponde a cierto linaje de la Isla, muy "afrancesado": elitista, liberal y elegante aún en la más enconada miseria.

Sabía que había sido una gente importante en la revolución, un amigo de Fidel Castro. En la primera parte de La autobiografía de Fidel Castro (2004), Norberto Fuentes ofrece numerosos datos al respecto.

Fue "roommate" del Comandante en Jefe, testigo de sus manías y poses cotidianas. Tenía suficientes elementos para desmitificar su figura, pero se dedicaba a otras cosas. Una vez contó que bajaban juntos por la calle Neptuno y Fidel Castro se detuvo a leer un periódico en un estanquillo. Como nunca lo compraba, el vendedor le prohibió darle a las noticias la ojeada habitual. Dijo Walterio que mientras se alejaban, Castro le aseguró: "Tú ves a toda esta gente que no quiere ayudarme, algún día me las van a pagar". Y lo contaba riéndose, y confirmando: "No creas en La historia me absolverá. No hubo programa. ¡Qué programa ni programa! ¡Fue venganza!".

Dije que Walterio fue importante en la historia de la revolución. Y debo agregar que él era conciente de que lo había sido y también de que había perdido esa importancia. Recordaba en una ocasión: "Cuando yo era influyente y la gente me buscaba, vino una vez a verme Miguel Barnet y me dijo, como para halagarme: 'Walterio, usted es el que más sabe de Palo Monte en Cuba'. Y yo le respondí: 'Entre los que escribimos Miguelito, entre los que escribimos'".

Me aseguró que estaba temeroso de que le robaran un libro que estaba escribiendo. Su obra maestra. Un poema que dejaría pequeño a The waste land, de Eliot, su preferido. Ese poema debería demostrar el error de Lydia Cabrera, quien creyó que era "el monte" el locus originario del negro. "El monte no, es la selva. Hay que regresar a la selva. Y así se llama mi poema". No sé si terminó de escribir esa promesa, o si fue apenas el comienzo de su propio mito. Recuerdo haber visto unas páginas; en cada folio cabía apenas un verso, pues el temblor de las manos le hacía dibujar más que escribir las letras.

Cada una de esas letras en grafito era como una palabra. Cada palabra como una estrofa. Cada estrofa como un pájaro que después de haber sido madrugado, se convertía en rímel de una mañana antigua y coqueta.

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