www.cubaencuentro.com Martes, 17 de mayo de 2005

 
  Parte 2/2
 
El que quiera azul, que pinte
A pesar de que la palabra muerte ha sido una palanca para mover los discursos, ¿tienen los cubanos vocación de kamikazes?
por JOSé H. FERNáNDEZ, La Habana
 

Lejos del 'método alacrán'

Ciertamente, aunque las estadísticas indican que la Isla reboza hoy de graduados universitarios, técnicos, profesionales, maestros, doctores, no hay aquí más que dos clases, ubicadas en las antípodas: la del poder total con sus bufones y la muy numerosa, multitudinaria clase de los pelados más y menos totalmente.

No obstante, esta particularidad, lejos de confirmar el augurio de los pesimistas, o de allanarle el camino a los instigadores, aparece justo entre los fundamentos de quienes sostienen que a la hora de la verdad no nos corresponde —porque no nos conviene— hacer como el alacrán, que se clava su propio aguijón apenas siente el calor del fuego que le acecha.

Tal vez debamos disculparnos con los teóricos del comportamiento social, pero, entre nosotros, la ausencia (lamentable) de una clase media no parece ser obstáculo, sino más bien estímulo que nos reafirma en el deseo de abandonar la miseria a través de nuevas formas de gobierno que garanticen, ante todo, la eficiencia económica, la democracia y el concurso real, sin demagogia, de cada individuo, tanto en la creación de bienes materiales como en su disfrute.

Pobres seremos pero tontos no. Sabemos lo que nos hace falta. Venimos de vuelta de un fracaso largo, repetido, interminable, que aparenta destejerse por el día y vuelve a componerse tras las sombras, al revés que el lienzo de aquella griega. Y si de algo estamos seguros es de que la crisis general que hoy nos azota no puede ser resuelta a tiros, sino con la aplicación inteligente, serena, de los más aventajados conceptos de la modernidad.

Además, no nos llamemos a cuento: con todo y que la palabra muerte ha sido durante muchos años una oportuna palanca para mover los discursos, no nos caracteriza la vocación de kamikazes. Lo que queremos, lo queremos para palparlo en vida, sea para hoy mismo o para de aquí a diez años. Y lo que queremos en este minuto son cambios.

Tampoco está de más aclarar, para los suspicaces de los dos extremos, que hablamos de cambios serios, entre los que se descartan de entrada la permanencia en el gobierno de sus actuales representantes o de sus herederos, así como la tutoría de potencias extranjeras que siempre terminan abarcando más de lo que sostienen.

Que el árbol no impida entonces ver el bosque. A los mandamases de este lado y a los magnates que desde el otro lado aspiran a recuperar riquezas y privilegios, puede que les venga muy bien una guerra, ya que no son ellos los que van a jugarse el pellejo. Los comprendemos, pero su problema no es el nuestro, los del montón, que por suerte constituimos mayoría, de este lado y del otro.

Estamos agotados. Peor para los manipuladores si no se resignan, pero lo cierto es que dejamos de ser como la gaseosa. Ya no funciona eso de que venga alguien, nos agite un poco y allá nos vamos, echando espumas, a sobrepasar los bordes.

Los mandamases de aquí se han quedado sin alternativas. Asunto suyo. Y los del otro lado tendrán todo el derecho a recuperar lo que les pertenece, pero no pasando por encima de nuestros cadáveres. El que quiera azul que pinte, dejó dicho el dicho, y más claro ni el agua.

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