www.cubaencuentro.com Viernes, 28 de octubre de 2005

 
  Parte 2/2
 
La generación puente
El éxodo del Mariel, 25 años después: ¿Ha contribuido el triunfo de los marielitos a la pérdida de la identidad cubana o a aumentar la geografía de su patria?
por ALEJANDRO ARMENGOL, Miami
 

Las diferencias personales hacen que esta generalización sea imprecisa, pero se puede decir que tuvieron que adaptarse a una comunidad antes que a un país. No fue fácil, y en su contra tuvieron la falta de una adecuada ayuda federal. Pese a los esfuerzos por distribuir la carga que significó la llegada repentina de un número tan grande de refugiados, el Mariel marca el momento en que la mayoría de los que llegan opta por "pasar trabajos" en Miami.

Una vuelta a los años cincuenta

Quien se estableció en esta ciudad en los primeros meses de 1980, tuvo que pasar por dos procesos distintos de asimilación. Uno fue la adaptación clásica a un nuevo país, nuevas costumbres y un nuevo idioma. El otro fue el descubrir de que junto con una serie de principios elementales —que en Cuba se habían ido deteriorando y continúan aún en crisis—, en Miami subsistían una serie de valores caducos que él pensaba superados. Fue en parte una vuelta a los años cincuenta en el mundo de los ochenta: el futuro en forma de pasado.

El éxodo del Mariel, 25 años después
Crónica de cuatro vidas
RONALDO MENéNDEZ/DESIRéE RUBIO DE MARZO, Madrid
Quién es quién: Los escritores del Mariel
STéPHANIE PANICHELLI, Bruselas
La generación del silencio (I)
SP, Bruselas
La generación del silencio (II)

Siempre hubo alguien que le leyó el catecismo de la humildad: trabajar duro y honradamente en lo que se presente, no volverse loco gastando dinero —si lo tenía, cosa difícil— y no independizarse antes de tiempo. A ello se añadía el seguir los consejos y obedecer a los que llegaron antes: ellos sabían más, porque lograron irse primero del infierno y ya estaba establecidos. Esta fue otra carga —económica y emocional— de la que en parte ha conseguido librarse, y en parte no, la generación del Mariel.

En relación con el aspecto económico, los marielitos son unos triunfadores. Su salario promedio se calcula en $32.210 por persona. De conocerse esta cifra en La Habana, Cuba podría quedarse vacía. Si Fidel Castro fuera un verdadero marxista, sabría que Miami le ganó la batalla. Este dato determina ("Es la economía estúpido", le gritaría Marx) el fracaso de un régimen que se contenta con ofrecer cazuelas.

Un álbum fotográfico de lo ocurrido en los días del Mariel y las imágenes de la vida actual de algunos de esos miles de protagonistas puede constituir un poderoso instrumento de propaganda. Entonces la historia se captó en blanco y negro. Fueron días extremos, de grandes contrastes. Ahora el destino de quienes vinieron hacinados en yates y barcos camaroneros, no es posible sin el uso del color. ¿Una comparación superficial y chillona? Es posible. Ello no la hace menos verdadera.

Si se pregunta a los que vinieron por el Mariel su grado de asimilación a Miami, casi todos responden rápidamente que es completa. La inmensa mayoría no manifiesta interés en regresar a la Isla tras el fin de Castro. Al mismo tiempo, esas respuestas seguramente serán en español, porque pocos dominan a la perfección el inglés. Son norteamericanos por adopción, pero sobre todo cubanos y más: miamenses.

Sin tiempo para una tercera vida

El logro de convertir a esta ciudad en una nueva patria tiene sus limitaciones. Es sumarse a una sociedad creada con anterioridad, en la que la generación del Mariel participa, pero en la que comparte muy poco poder político.

Aunque más moderada en sus opiniones que el llamado "exilio histórico", no ha producido un cambio notable —o al menos limitado— en la formulación de la estrategia del gobierno norteamericano hacia el régimen cubano. Incluso, todo parece indicar que simpatiza con los criterios que determinan el actual estancamiento de la administración respecto al caso cubano, que se limita a presiones económicas de poco alcance y deja que pase el tiempo y Castro siga envejeciendo. Después de todo, la integración tiene un precio.

Quizá la explicación de este hecho sea la "saturación política" que trajeron de Cuba. Además del terreno económico, la literatura y el arte son dos de los campos en que los llegados por el Mariel han realizado una labor más destacada.

La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio, aunque puede justificarse. A diferencia de los que llegaron durante las décadas de 1960 y 1970, la Cuba que los marielitos dejaron atrás no significa añoranza, salvo en los recuerdos personales. Con el paso de los años, la esperanza de un futuro mejor para la Isla no parece posible en lo que les resta por vivir. No hay tiempo para empezar una tercera vida, y aunque no se desvinculan de ese futuro —muchos manifiestan su deseo de invertir en el país tras el fin de Castro—, aceptan con agrado que su hogar definitivo está en Miami.

El triunfo del inmigrante es mayor en la medida que se integra más al país de adopción. Los logros de los que llegaron por el Mariel han contribuido en parte a la pérdida de la identidad cubana, en el sentido más tradicional o decimonónico del concepto. No se puede decir que han abandonado por completo el sentirse cubano, más bien han aumentado la geografía de su patria.

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